El silencio de la mañana

Noche Estrellada en Lake George - Georgia O’Keeffe, 1922

espera sin prisas a que todos despierten. ¿Qué maravillas sucedieron en el mundo anoche? El viaje cósmico de las estrellas, noticias tardías en el cielo a solas a pesar de sus muchas lunas. Durmieron los peces su sueño acuoso de algas y piedras. Los libros reposaron desde sus repisas, mudos. Al menos en el sueño cobra vida otro universo –absurdo, olvidado, breve, maravilloso universo portátil– que se despliega al unísono y sin embargo en soledad: nueve mil millones de universos donde morimos y nos visitan nuestros muertos como si tal cosa, donde un gesto, una palabra, un objeto, un tipo de luz se vuelve la piedra angular de algún destino, el comienzo de alguna idea, el final de algún acontecimiento que creíamos impensable. Es ahora. O, basta. Universos de destiempos que marcan el compás del mundo de los despiertos. Universos de ecos vagos, lugares en ninguna parte, mensajes crípticos, el leguaje de los profetas, los poetas y los locos. Universos que no siempre abren sus puertas; es necesario estar atentos, maaterializar sus palabras en la tinta la mañana siguiente, o materializar sus visiones en una peregrinación de veinte años. En ese universo podemos hablar con los dioses, exterminarlos, resucitarlos, convertirnos en ellos. Demonios, ángeles, pájaros que destruyen, construyen y cantan, todo al mismo tiempo.

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Luna Rosa